lunes 3 de marzo de 2008

Crónica de un viaje a Grecia (I)

Al llegar la mitad de la carrera, hay quien decide montar algo llamado "Viaje de paso del ecuador". Y al llegar la mitad de nuestra carrera, en mi clase nos hemos ido una semana a Grecia. Mientras los engominados chicos y las "enchanneladas" chicas de Derecho se van a Punta Cana a tirarse en la arena de la playa, los aplicados chicos de Filología Clásica no nos damos ni un respiro y nos fuimos a "ver piedras".

Ya desde la primera noche nos imbuimos en el ambiente griego y rendimos visita lejana y nocturna a la Acrópolis, elevada sobre el alboroto ateniense, tras haber cenado un peïnirli, una especie de zueco de masa relleno con carne y queso fundido.

Pero la verdadera visita a la Acrópolis llegó a la mañana siguiente. Subiendo entre olivos por caminos de piedra y tierra, podíamos ver en la cumbre las ajadas columnas del Partenón. Posiblemente estamos todos hartos de ver su silueta en fotos, e incluso en las tapas de los yogures "griegos"; su imagen nos suena a todos como puede sonarnos el cuadro de Las meninas o la recortada silueta de Don Quijote. Sin embargo, al llegarme frente a su entrada, observé con toda mi atención aquellas "piedras", en su mayor parte demolidas, y no pude dejar de emocionarme. Me di cuenta enseguida de que aquel edificio es la síntesis de la Grecia Clásica, de su intento de alcanzar la perfección. Al contemplar sus columnas, su agrietado y vació frontón, sus solitarias metopas, sus abandonados escalones, su calculada proporción, su artística ejecución, me di cuenta de la terrible pregunta que la construcción arrojaba a mis mientes, sobrepasando siglos de historia que la han maltratado: "¿Somos capaces de alcanzar la perfección?". En ese momento comencé un diálogo con aquellas "piedras", tratando de descubrir la respuesta oculta en cada una de sus arrugas, de sus estrías y sus limaduras. Aún ahora, la pregunta, con la imagen del Partenón al frente, sigue rebotando en las paredes de mi cabeza.

Aquel día transcurrió sin más sobresaltos, con visita al templo de Zeus Olímpico y una comida llena de platos típicos griegos: dolmades, estofado envuelto en hojas de parra; tzatziki, una salsa de yogur, aceite de oliva, ajo, pepino y eneldo; queso feta, elaborado con leche de oveja; keftedes, albóndigas sazonadas con hierbas, y, de postre, fanouropita, un bizcocho de soda, licor, naranja, nueces, canela y azúcar glasé... Y todo ello regado en vino mezclado, que es la manera griega de beber vino (ya desde los antiguos).

2 comentarios:

Bito dijo...

Hice clásicas, y me alegra saber que aún hay gente dispuesta a embarcarse en tan maña aventura u odisea, tratando la materia que tratamos. Nosotros no hicimos un viaje como el que dices, nada de "ecuador" ojalá se nos hubiera ocurrido.

Un saludo,

Francis dijo...

¡Qué alegría saber que Bito hizo Clásicas!

Y la verdad es que en nuestra carrera no se estila mucho el viaje del ecuador... Pero nosotros es que somos muy marchosos, ya ves.