En el primer momento en que le vi, supe que me iba a gustar. Llevaba un sombrero al más puro estilo Indiana Jones, unas barbas hirsutas y abundantes –muy griegas, diría–, chaqueta de pana marrón oscuro y unas gafas de sol que ocultaban sus ojos casi en todo momento. Al llegar, apoyó su espalda contra un pilar y empezó a liarse un cigarro, sin prisas, prestando mucha atención a lo que hacía. Al rato, tras dar un ligero chupetón al papel del cigarro para cerrarlo, miró hacia nosotros y nos preguntó con voz monocorde, grave y serena: “¿Alba? ¿Dónde está Alba?”. Alba, nuestra querida tour-leader, se adelantó y le estrechó la mano. “Yo soy Constantino, voy a ser vuestro guía durante los próximos tres días, en vuestro tour”.
Ya desde el primer momento se apalancó en el asiento delantero con el micrófono entre las manos y de vez en cuando, con su voz monocorde y cansada, soltaba información. Al hacerlo, de vez en cuando se detenía, dejando una frase sin acabar, manteniendo el suspense durante un rato de silencio, sin inmutarse, como si se le hubiesen agotado las pilas. “Como sabrán ustedes, Demócrito dejó... (pausa) sus estudios siendo joven y empezó a vagabundear... (pausa) comiendo pasas... (pausa) Podríamos decir que... (pausa) Demócrito fue el primer pasota de la historia”.
Al llegar al teatro de Epidauro, nos reunió a su alrededor y nos miró detenidamente tras las gafas de sol, en silencio. Agarró una pequeña piña que encontró en el suelo y comenzó a dibujar sobre la tierra: hizo una circunferencia y luego otra más pequeña dentro de ella. Desde el suelo, en cuclillas, y mirándonos bajo el ala de su sombrero, nos hablaba... “El teatro tiene su origen en los ritos del dios... (pausa) Dioniso”. Cada vez que un grupo de niños de instituto pasaba gritando por nuestro lado, Constantino se tapaba el oído derecho –sólo el derecho– y maldecía en griego mirando al suelo. “Para los griegos –continuaba después–, acudir al teatro era algo sagrado. Y, como sabrán ustedes, Dioniso era... (pausa) el dios del vino. Los griegos, pues, llevaban vino al teatro y lo consumían... (pausa) Y de esta forma el dios entraba dentro de ellos alcanzando el estado de “en-thou-siasmós”, es decir... (pausa) entusiasmo, que significa ‘poseído por un dios’. Porque como bien sabrán ustedes, sin vino, no hay nada divino”.
Regando todo su discurso con este tipo de frases geniales –y sin abandonar jamás su tono monocorde, aunque no aburrido– Constantino nos mostró no sólo el teatro de Epidauro, sino también los restos de Micenas, las ruinas del antiguo santuario de Olimpia (sí, donde se fundaron los Juegos Olímpicos hará unos 2.500 años), Lepanto, el santuario de Delfos, el del oráculo y el Golfo de Corinto.
Una noche del tour, mientras una compañera y yo jugábamos al ajedrez en el hall del hotel en el que nos alojábamos –sería la una de la mañana–, entró Constantino por la puerta. “Constantino, ¿te gusta el ajedrez?”. Cogió un vaso de whisky (solo, sin siquiera hielos) y se sentó junto a nosotros. “El ajedrez –comenzó a decir, alargando las palabras con su tono de hombre cansado– es un juego muy interesante... Ejercita nuestra mente”. Se soltó con nosotros ante nuestras preguntas (durante aquellos días había soltado muchas veces el nombre de “Heráclito el oscuro, el más grande filósofo de la historia”, como lo había llamado) y nos explicó una mínima parte de su filosofía de vida. Abandonada la carrera de Economía, se dedicó a la Arqueología sin dejar de estudiar por su cuenta Física y Matemáticas, además de Filosofía. Le caímos bien (“vosotros podéis comprender todo esto mejor que los turistas, porque vosotros lo estudiáis; los turistas sólo vienen para rellenar una casilla”), y sin duda alguna él nos cayó muy bien a nosotros.
El último día del tour, tras la comida, nos regaló un vino blanco casero que había conseguido de sus amigos del restaurante en el que comimos. Pasamos la botella por el autobús, haciendo libaciones en honor a Constantino y dando gracias a los dioses por tan benigno cicerone.
viernes, 7 de marzo de 2008
Crónica de un viaje a Grecia (II)
Publicado por Francis en 10:16
Etiquetas: El diario vivir
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2 comentarios:
¿A quién hablan las piedras y las ruinas? A quien tiene un oído sabedor de las historias, los dioses, los hombres, los triunfos, las guerras, las esperanzas, los temores que las hicieron. Si no es así, las piedras y las ruinas, salvo que se conserven en un estado que ofrezca una bellezca que no necesite ilustración, son mudas. ¡Dichoso tú que llevabas oídos sabedores!
Saludos
Muy buena tu crónica sobre el viaje a Grecia
salu2 y enhorabuena por el blog
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