-¿Joseph Conrad? ¿Ese no acabó loco? -me dice medio distraído el tipo.
-¿Qué? -le respondo yo con incredulidad-. No, no, Conrad no acabó loco.
Entonces le cuento la historia de Joseph Conrad y él termina diciendo: "eres un mitómano".
Qué extraña manía la de etiquetar a la gente. Pero ése no es el tema, no me desvíe. Lo cierto es que cada vez que me introduzco un poco más en Conrad, descubro lo mucho que me gusta y lo bueno que es. Primero fue El Corazón de las Tinieblas, después vino Lord Jim y ahora acabo de terminar cuatro novelas cortas, muy cortas (El hacendado de Malata, El socio, La posada de las dos brujas, Por culpa de los dólares) reunidas bajo el título Entre mareas (Within the tides). Y puedo decir sin miedo que Conrad es uno de los escritores más importantes de entresiglo (XIX-XX, obviamente), al convertirse en el puente que une la novela del XIX con la contemporánea.
Y, para no enrollarme, os remito al nuevo número de Perkeo: "Lord Conrad".
martes 18 de marzo de 2008
Mitómano
Publicado por Francis en 10:30
Etiquetas: Literatura
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MARLOW Y SOR SIMPLICIA
Una de las suertes de ser lector es que te encuentras con textos que, como un fogonazo, iluminan repentinamente algo de tu propia existencia. Entonces empiezas a decir “¡sí, sí, sí!”, encantado de verte retratado con tanta exactitud. Un pensamiento de Marlow, el protagonista de El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad, fue el último que me produjo algo parecido: “Ustedes saben que odio, detesto, me resulta intolerable, la mentira, no porque sea más recto que los demás, sino porque sencillamente me espanta. Hay un tinte de muerte, un sabor de mortalidad en la mentira que es exactamente lo que más odio y detesto en el mundo, lo que quiero olvidar. Me hace sentir desgraciado y enfermo, como la mordedura de algo corrupto”. Por otro lado, no puedo dejar de acordarme de aquella escena de Los miserables, de Víctor Hugo, en que la religiosa “Sor Simplicia”, que “no había mentido nunca”, ante una pregunta de Javert, el inspector de policía, tuvo que hacerlo por primera vez en su vida para salvar la de Jean Valjean, lo que le hizo pasar “un momento terrible en que (...) creyó morir”. Estos momentos son excepcionales, y en ellos la mentira, salvada la paradoja, se pone al servicio de una verdad mayor. En tales ocasiones la mentira es, en verdad, inocente y se puede esperar entonces lo que Víctor Hugo espera para Sor Simplicia: “que esta mentira os sea contada en el paraíso”.
Saludos, Francis, y perdona el rollo que te acabo de dejar aquí.
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