domingo, 22 de junio de 2008

Sábado

Suelo poner el despertador también los fines de semana; pero lo hago más como seña de precaución que como un intento real de madrugar. De hecho, siempre suelo despertarme antes de que suene. Además, ahora, con el calor de la noche veraniega -te quitas la camiseta del pijama y abres la ventana para dejar que entre algo de fresco que te reconforte del calor pegajoso, te tumbas en la cama bocarriba, estirado y con los ojos totalmente abiertos, dando por hecho que el calor te ha ganado la partida y que no te dormirás hasta que el sueño sea más fuerte, mucho más fuerte, que el bochorno nocturno-, ahora, decía, con el calor de la noche veraniega que se extiende hasta la mañana siguiente, uno ya no es capaz de dormir más allá de las nueve y pico, como sí lo sería en los buenos tiempos de las mañanas de invierno al rebujo de una colcha espesa y calentita.

Así pues, la mañana del sábado es más larga que otras veces (a las ocho y pico estoy de pie) y la paso tratando de trabajar un poco delante del ordenador, con ese cuento de un tal A.F. que me tiene atascado (tengo que hacerle un comentario completito, mucho más largo que el propio cuento). Después de un rato hablando de los mecanismos narrativos del cuento de marras, me canso y agarro el libro de McEwan que estoy leyendo ahora y que precisamente toma su nombre del día que da título a esta entrada.

La tarde es apacible en casa del hermano y su mujer, con refrescos, unos sándwiches del Rodilla y conversaciones aleatorias sobre todo un poco: política, fútbol, economía, asuntos familiares, las últimas novedades personales... Amalgama que termina con un vaso de Bailey's lleno de hielo para paliar el calorcete madrileño y unos vídeos de la sobrina.

Para acabar bien el día, a la casa de la novia de C., donde están los dos cenando comida china y viendo el Holanda-Rusia. "Prórroga", me recibe C. al abrirme la puerta mientras aún termina de tragar un trozo de pollo agridulce. "Bien, llego para lo emocionante", le respondo mientras avanzamos por el pasillo hasta la habitación que suelta las voces amortiguadas de los comentaristas. Nos ponemos un poco al día -lo justo, ya nos vimos dos días antes- y vemos los dos goles de Rusia. C. grita de contento, pues está más pensando en la posibilidad de jugar contra ellos en semifinales que en el partido del día siguiente. A mí, en realidad, me da cierta pena que eliminen a los holandeses: lo estaban haciendo bien y los veía campeones. A la vez, pienso por dentro que, a pesar de que no soy nada optimista con nuestra selección, me encantaría vivir una euforia deportiva como la que tienen los rusos después de meter esos dos goles que les clasifican para semifinales...

Cuando acaba el partido, intentamos ver una película, pero todo se queda en un intento, pues tras 20 minutos de El Resplandor sin oírse los diálogos (aunque sí la música) y siguiendo la película por los subtítulos, C. suelta ya sin poder contenerse que aquello es absurdo. Coincidimos los tres, nos servimos un oporto y acabamos viendo Heat, que está por la tele y se oye bien (aunque para cuando la ponemos, un tiroteo formidable con automáticas, Robert de Niro está ya en la cuerda floja y Al Pacino se vislumbra como el vencedor de la película). Ni siquiera terminamos esta película, pero ya da igual, hemos tenido un buen rato de fútbol, conversación, oporto y un helado. ¿Para qué más?

El sábado termina como empezó, en la cama sin la camiseta del pijama, tumbado bocarriba con los ojos abiertos, esperando a que el sueño sea más fuerte que el calor que se agolpa en la habitación.